América Latina comienza a ocupar un lugar cada vez más relevante en la estrategia energética de la Unión Europea. La escalada del conflicto en Medio Oriente reavivó la incertidumbre sobre el abastecimiento mundial de petróleo y gas y aceleró la búsqueda de socios capaces de reducir la exposición del bloque a la volatilidad de los combustibles fósiles. En ese escenario, la región aparece como una aliada con ventajas difíciles de replicar: una matriz eléctrica mayoritariamente renovable, abundantes recursos energéticos y un creciente potencial para acompañar la transformación del sistema energético europeo.
La nueva crisis encuentra a Bruselas en pleno proceso de redefinición de su política energética. La invasión rusa a Ucrania marcó un punto de inflexión para el bloque, que aceleró la diversificación de proveedores, el despliegue de energías renovables y la electrificación de su economía para reducir vulnerabilidades geopolíticas. Las tensiones sobre el Estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20% del petróleo comercializado a nivel mundial, confirman que la seguridad del suministro sigue siendo uno de los principales desafíos para Europa.
Las consecuencias también alcanzan a América Latina. El último informe de OLACDE muestra que la inflación energética regional pasó del 0,19% en febrero al 1,42% en marzo de 2026, el valor más alto de los últimos doce meses, mientras que la inflación general aumentó del 0,38% al 0,75%. El repunte coincidió con la escalada del precio del petróleo, que alcanzó los USD 116 por barril, reflejando cómo los conflictos geopolíticos continúan trasladándose a las economías de la región.


La relación entre Europa y América Latina dejó de estar impulsada exclusivamente por los objetivos de descarbonización. Sin abandonar sus metas climáticas, la Unión Europea incorporó una nueva prioridad: construir un sistema energético más resiliente, con cadenas de suministro diversificadas y menor dependencia de mercados expuestos a conflictos internacionales.
Fuentes de la Comisión Europea consultadas por Energía Estratégica durante los EU Climate Dialogues 2 (EUCDs2) señalan que esa visión atraviesa hoy buena parte de las decisiones energéticas del bloque. La diversificación del abastecimiento y el fortalecimiento de alianzas con regiones confiables pasaron a ser componentes estructurales de la estrategia comunitaria.
En ese proceso, América Latina ofrece atributos que adquieren un valor renovado. La región concentra una de las matrices eléctricas más limpias del mundo, dispone de recursos para seguir expandiendo esa capacidad y mantiene un amplio margen para profundizar la cooperación energética con Europa.
Ese interés también responde a una lógica económica. Cuanto mayor sea la participación de fuentes renovables y la diversificación de socios, menor será la exposición europea a episodios de volatilidad como los registrados en los últimos años.
La escalada entre Irán e Israel volvió a colocar al Estrecho de Ormuz en el centro de la atención internacional. Cualquier interrupción sobre esa ruta marítima repercute de forma inmediata en el mercado energético global por el volumen de crudo que atraviesa diariamente ese corredor estratégico.
Aunque la Unión Europea logró reducir significativamente su dependencia del gas ruso, continúa siendo un importador neto de combustibles fósiles. Por eso, el aumento de las tensiones geopolíticas se traduce rápidamente en mayores costos energéticos para hogares, industrias y cadenas logísticas.
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El impacto tampoco pasa inadvertido en América Latina: OLACDE también advierte que, aunque América Latina cuenta con una matriz eléctrica altamente renovable, mantiene una fuerte dependencia del petróleo y sus derivados para el transporte y otros sectores económicos, lo que explica por qué continúa siendo vulnerable a las fluctuaciones del mercado internacional de hidrocarburos.
Los mecanismos de estabilización implementados por varios países amortiguaron parte del impacto sobre los consumidores, pero no evitaron que el encarecimiento de la energía terminara trasladándose al resto de la economía regional.
Ucrania cambió las prioridades de Europa
La rapidez con la que Bruselas reaccionó frente a la nueva crisis encuentra su explicación en 2022.
La invasión rusa obligó a la Unión Europea a revisar en tiempo récord su política energética. La pérdida de uno de sus principales proveedores de gas aceleró inversiones en energías renovables, reforzó las interconexiones eléctricas, impulsó la incorporación de nuevas terminales de gas natural licuado y diversificó las fuentes de abastecimiento.
El cambio fue mucho más profundo que una respuesta coyuntural. La transición energética dejó de entenderse únicamente como una herramienta para reducir emisiones y pasó a convertirse en un componente esencial de la competitividad, la autonomía estratégica y la seguridad del suministro.
Ese diagnóstico estuvo presente en buena parte de las discusiones mantenidas durante los EUCDs2 donde la resiliencia del sistema energético europeo apareció como uno de los ejes transversales del debate. Las conversaciones mantenidas con funcionarios comunitarios reflejaron un consenso creciente: la transición energética ya no puede separarse de la geopolítica.
La crisis en Medio Oriente terminó de reforzar esa percepción. Si la guerra en Ucrania obligó a Europa a replantear su modelo energético, la tensión sobre una de las principales rutas del comercio mundial de hidrocarburos demuestra que los riesgos asociados a los combustibles fósiles siguen condicionando las decisiones del bloque.

Una oportunidad que también plantea desafíos
La convergencia de ambas crisis redefine la relación entre Europa y América Latina.
Para la Unión Europea, la región representa un aliado capaz de contribuir a una estrategia basada en la diversificación del suministro y la expansión de las energías renovables. Para América Latina, el contexto abre una oportunidad para consolidar su posicionamiento internacional, pero también expone un desafío interno: reducir la dependencia del petróleo en sectores donde la transición todavía avanza a un ritmo más lento.
Los datos de OLACDE muestran que la volatilidad geopolítica continúa trasladándose a las economías latinoamericanas a través del precio de los combustibles. Esa realidad refuerza una conclusión compartida a ambos lados del Atlántico: fortalecer las energías renovables ya no responde únicamente a los compromisos climáticos. También es una herramienta para reducir vulnerabilidades, mejorar la competitividad y construir sistemas energéticos más resilientes frente a un contexto internacional cada vez más incierto.

