La Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA) advierte que la falta de infraestructura eléctrica comienza a convertirse en una limitación para el crecimiento de las energías renovables y estima que será necesario duplicar la inversión mundial en redes, hasta alcanzar aproximadamente un billón de dólares anuales durante el período 2026-2035.
La cifra representa un incremento significativo respecto de los 500.000 millones de dólares anuales que actualmente se destinan a estas instalaciones, según el World Energy Transition Outlook 2026, que plantea que el despliegue de nueva generación limpia debe avanzar de forma simultánea con la expansión del transporte y distribución de electricidad.
El diagnóstico introduce una advertencia para los mercados energéticos: aunque las tecnologías renovables continúan reduciendo sus costes y batiendo récords de instalación, la insuficiencia de redes, almacenamiento y flexibilidad podría limitar la incorporación de nuevos proyectos.
De hecho, el organismo señala que la falta de infraestructura para conectar nueva generación ya comienza a obstaculizar las adiciones de capacidad renovable, lo que obliga a reconsiderar las prioridades de inversión de cara a la próxima década.

El desafío adquiere mayor dimensión al considerar las proyecciones de capacidad instalada. En 2025, el mundo alcanzó aproximadamente 5,2 teravatios de potencia renovable, mientras que el escenario compatible con 1,5 °C desarrollado por IRENA requiere elevar esa cifra hasta los 18,4 teravatios en 2035.
Esto supone incorporar, en promedio, más de 1.300 gigavatios netos anuales entre 2026 y 2035, un ritmo que deberá mantenerse en niveles similares durante los años posteriores.
La energía solar fotovoltaica y la eólica concentrarán gran parte de esa expansión, pero su integración exigirá sistemas eléctricos más interconectados, digitalizados y capaces de gestionar las variaciones entre generación y demanda.
En este contexto, las redes dejan de ser únicamente una infraestructura complementaria para convertirse en uno de los componentes que determinan la velocidad de la transición energética.
El almacenamiento deberá multiplicarse por seis en menos de una década
Las necesidades de inversión no se limitan a las líneas de transmisión y distribución. El informe también proyecta una transformación del almacenamiento energético a escala mundial.
Según el escenario de 1,5 °C de IRENA, la capacidad instalada de almacenamiento deberá aumentar desde aproximadamente 416 gigavatios en 2025 hasta 2.530 gigavatios en 2035, lo que representa un crecimiento superior a seis veces en apenas diez años.
Para 2050, esa infraestructura tendría que alcanzar casi 6.860 gigavatios, acompañando la incorporación de mayores porcentajes de generación variable a los sistemas eléctricos.
El organismo distingue, además, diferentes necesidades de flexibilidad. Los mercados deberán responder tanto a variaciones de segundos y horas como a desequilibrios diarios, semanales y estacionales, dependiendo de las características de cada sistema.
Por este motivo, IRENA identifica una combinación de tecnologías que incluye baterías, centrales hidroeléctricas de bombeo, interconexiones internacionales, gestión de la demanda, generación renovable gestionable y herramientas digitales de operación.
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Ninguna de estas soluciones, considerada individualmente, permite satisfacer todas las necesidades de flexibilidad que surgirán con la electrificación de la economía.
La demanda también representa una presión creciente. El avance de los vehículos eléctricos, la climatización, los procesos industriales electrificados y los centros de datos vinculados con la inteligencia artificial obliga a incrementar la capacidad de las redes y mejorar su planificación.
En particular, el informe destaca que los centros de datos pueden generar cargas eléctricas elevadas y geográficamente concentradas, con ritmos de crecimiento superiores a los tiempos necesarios para desarrollar infraestructura eléctrica.
Una transición que requerirá más de 256 billones de dólares
La magnitud de los desafíos se refleja en las necesidades financieras globales. IRENA calcula que el escenario de 1,5 °C demandará más de 256 billones de dólares acumulados entre 2026 y 2050, considerando inversiones en infraestructura y gastos de adquisición de tecnologías en los sectores consumidores.
El equivalente anual asciende a aproximadamente 10,3 billones de dólares, unos 3,8 billones más por año que lo estimado en la edición de 2023.
El organismo atribuye esta diferencia a una combinación de factores, entre ellos el retraso en la transición, las actualizaciones de costes tecnológicos, la mayor desagregación regional del análisis y las medidas adicionales incorporadas al nuevo escenario.
Sin embargo, movilizar los recursos no será el único desafío. IRENA advierte que la distribución geográfica de la financiación continúa siendo desigual, con una fuerte concentración de inversiones en China y las economías avanzadas.
Esta situación contrasta con las necesidades de regiones como África, donde la capacidad renovable debería multiplicarse aproximadamente por siete hacia 2035 bajo el escenario de 1,5 °C.
Para responder a estas diferencias, el organismo considera necesarios marcos regulatorios estables, instrumentos de mitigación de riesgos, financiación concesional y una mayor participación del capital privado.
Las perspectivas económicas también forman parte de la evaluación. Según sus modelos, una descarbonización acelerada podría reducir los precios medios de electricidad para los consumidores finales aproximadamente un 9% en 2035 y un 15% en 2050, respecto del escenario basado en los planes energéticos existentes.
Estas reducciones corresponden al escenario de descarbonización acelerada del informe y no constituyen previsiones de tarifas efectivas para cada país.
Así, el World Energy Transition Outlook 2026 identifica un cambio en las condiciones necesarias para sostener el crecimiento renovable: la instalación de nueva potencia deberá coordinarse con inversiones en redes, almacenamiento, eficiencia y electrificación.
La capacidad de ejecutar estas infraestructuras durante la próxima década determinará, en buena medida, cuánto del potencial de generación renovable puede integrarse efectivamente a los sistemas eléctricos.

