América Latina no cuenta con la escala manufacturera de China ni controla buena parte de la cadena global de suministro renovable. Sin embargo, dispone de otra ventaja capaz de compensar parte de esa distancia: recursos solares, eólicos e hidroeléctricos que permiten alcanzar factores de capacidad entre los más altos del mundo.
El nuevo informe Renewable Power Generation Costs in 2025 de la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA) muestra que esa calidad del recurso ya se traduce en costes competitivos.
Brasil aparece como el caso más sólido. En 2025, el coste nivelado de la electricidad fotovoltaica cayó hasta 37 USD/MWh, por debajo del promedio global de 44 USD/MWh y muy cerca de los 36 USD/MWh registrados en China. En eólica terrestre, el país alcanzó 31 USD/MWh, solo por detrás del mercado chino entre las principales economías analizadas.
Pero el mapa regional también expone una transición a distintas velocidades. Mientras Brasil consolida escala, Chile avanza en almacenamiento de mayor duración y Perú aprovecha recursos eólicos excepcionales, Centroamérica, el Caribe y parte de Sudamérica todavía soportan costes elevados asociados a la financiación, la infraestructura y el menor tamaño de sus mercados.

Brasil convierte el recurso solar en costes cercanos a Asia
La fotovoltaica brasileña logró uno de los mayores saltos de competitividad observados en 2025.
El coste total instalado de los proyectos solares a gran escala cayó un 10% interanual, hasta aproximadamente 672 USD/kW. Frente a 2015, la reducción acumulada alcanza el 74%.
La cifra coloca a Brasil cerca del promedio global de 667 USD/kW y muy por debajo de otras zonas de la región. Los proyectos del resto de Sudamérica promediaron alrededor de 867 USD/kW, mientras Centroamérica y el Caribe alcanzaron 931 USD/kW.
A esa reducción de la inversión se sumó una mejora del rendimiento.
El factor de capacidad de la nueva fotovoltaica brasileña pasó del 19,8% al 21,5%, impulsado por la entrada de proyectos en emplazamientos con mejores niveles de irradiación. La combinación de mayor producción, menores costes instalados y condiciones financieras más favorables redujo el LCOE un 25% en un solo año, hasta los 37 USD/MWh.
El resultado sitúa a Brasil por debajo del promedio mundial y prácticamente al nivel de los mercados asiáticos más competitivos. China registró 36 USD/MWh e India 35 USD/MWh.
IRENA muestra, sin embargo, que no existe un único mercado solar latinoamericano.
El LCOE medio del resto de Sudamérica se situó en 61 USD/MWh, mientras Centroamérica y el Caribe alcanzaron 95 USD/MWh, el registro regional más elevado del informe para los proyectos fotovoltaicos puestos en operación durante 2025.
La diferencia revela cuánto pesan la escala, el acceso al crédito, los costes logísticos y el desarrollo de las redes. La radiación solar puede ser abundante en gran parte de la región, pero no todos los mercados consiguen convertirla en electricidad barata.
Recursos similares, estructuras financieras diferentes
La divergencia latinoamericana reproduce, a menor escala, una de las principales conclusiones globales de IRENA: la competitividad ya no depende exclusivamente de la tecnología.
Los módulos utilizados en Brasil, Chile, Colombia o Centroamérica pueden proceder de cadenas de suministro similares. Sin embargo, el resultado económico cambia según el coste del capital, la estabilidad de las reglas, el tamaño de los proyectos y el tiempo necesario para obtener permisos y conexión.
Esta diferencia resulta especialmente relevante en tecnologías intensivas en inversión inicial.
Una planta solar no necesita combustible durante su operación, pero debe financiar por adelantado casi toda su infraestructura. Cuando las tasas son altas o el riesgo país exige mayores retornos, el ahorro conseguido mediante módulos más baratos puede perderse en la financiación.
Brasil dispone de ventajas de escala, una cartera creciente de proyectos, experiencia industrial y un mercado eléctrico de gran tamaño. Otros países afrontan sistemas más pequeños, menor profundidad financiera y costes de importación superiores.
La región demuestra así que tener un recurso de clase mundial es una condición decisiva, pero no suficiente.
Brasil y Perú llevan la eólica a factores de capacidad extraordinarios
La ventaja natural latinoamericana resulta todavía más visible en la eólica terrestre.
Brasil alcanzó en 2025 un factor de capacidad medio del 50%, frente al 36% global. Esto significa que sus parques producen, en promedio, una proporción considerablemente mayor de la energía que podrían generar funcionando permanentemente a potencia nominal.
Aunque el indicador descendió ligeramente respecto del año anterior, permaneció entre los más altos de los principales mercados analizados por IRENA.
Esa productividad permitió situar el LCOE de la eólica terrestre brasileña en 31 USD/MWh, frente al promedio mundial de 33 USD/MWh. Solo China, con 27 USD/MWh, presentó un coste inferior entre los grandes mercados.
El coste instalado brasileño se situó en aproximadamente 1.282 USD/kW, un 4% menos que en 2024. Aunque supera el promedio global, el rendimiento de los parques compensa buena parte de esa diferencia.
Perú también aparece entre los mercados destacados.
Los nuevos proyectos eólicos alcanzaron un factor de capacidad del 47%, tras una mejora de siete puntos porcentuales frente a 2024. El LCOE se situó en aproximadamente 34 USD/MWh, prácticamente alineado con el promedio mundial.
El caso peruano demuestra la importancia de la calidad del emplazamiento. Incluso sin la escala industrial brasileña, un recurso excepcional permite diluir los costes de inversión sobre un volumen mayor de electricidad generada.
Chile, por su parte, registró un coste instalado de 1.192 USD/kW, después de una caída interanual del 11%, y un LCOE de 46 USD/MWh.
En el conjunto de los demás mercados sudamericanos, la eólica terrestre promedió alrededor de 51 USD/MWh, con factores de capacidad próximos al 37%.
El cuello de botella chileno acelera las baterías de mayor duración
Chile ocupa un lugar diferente dentro del mapa regional.
Su liderazgo no está únicamente en el despliegue solar y eólico, sino en la necesidad de gestionar grandes volúmenes de producción renovable concentrados geográficamente y en determinadas horas del día.
La fuerte expansión fotovoltaica en el norte del país ha provocado episodios de congestión, vertidos y precios muy bajos durante las horas solares. Ese escenario convierte al almacenamiento en una pieza central para trasladar energía hacia la tarde y la noche.
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Según IRENA, las baterías de litio-ferrofosfato instaladas en Chile alcanzan una duración media de 4,3 horas, el valor más alto entre los mercados analizados, compartido con Sudáfrica.
El indicador es relevante porque muestra una evolución desde las baterías orientadas principalmente a servicios de frecuencia hacia sistemas preparados para realizar desplazamiento de energía a mayor escala.
Cuanto mayor es la duración, más electricidad puede trasladarse desde las horas de sobreoferta solar hacia los periodos con menor producción renovable y mayor demanda.
Chile se convierte así en un laboratorio regional de la siguiente etapa de la transición: no solo añadir renovables, sino rediseñar la curva diaria de generación.
El almacenamiento entra en la planificación brasileña
Brasil también comienza a incorporar las baterías dentro de su planificación energética convencional.
IRENA señala que el país ya contempla el almacenamiento como una de las opciones disponibles en su estrategia oficial de expansión hasta 2035.
El movimiento representa un cambio importante. Las baterías dejan de aparecer únicamente como una tecnología emergente o vinculada a proyectos piloto y comienzan a competir con otras alternativas de flexibilidad dentro de la planificación del sistema.
La evolución global de costes favorece esa entrada.
En 2025, el coste instalado de los sistemas BESS a gran escala cayó casi un 30%, hasta 140 USD/kWh, un 95% menos que en 2010. Para los sistemas llave en mano de cuatro horas, la reducción interanual rondó el 27%.
Aunque los costes latinoamericanos todavía pueden verse afectados por la importación de equipos, la logística y el financiamiento, la caída del precio internacional amplía el número de aplicaciones viables.
En Brasil, el almacenamiento puede complementar a la hidroeléctrica, apoyar la integración de solar y eólica y aliviar restricciones locales de transmisión. En Chile, su función está más asociada al arbitraje y al desplazamiento de grandes excedentes solares.
La tecnología es la misma, pero el problema que resuelve cambia según cada sistema.
Colombia y Brasil abren la puerta a la eólica marina
La eólica offshore todavía no tiene en América Latina una presencia comparable con Europa o Asia. Sin embargo, IRENA identifica a Brasil y Colombia entre los mercados emergentes que ya comenzaron a incorporarla a sus marcos regulatorios y planes energéticos.
Ambos países cuentan con recursos marinos considerables y extensas zonas costeras, pero parten de condiciones diferentes.
Brasil dispone de una cadena industrial vinculada al petróleo y gas offshore, infraestructura portuaria y un mercado eléctrico de gran escala. Colombia, por su parte, avanza en la definición de áreas, procedimientos y mecanismos de adjudicación para desarrollar sus primeros proyectos.
El desafío será trasladar esos recursos a costes competitivos.
La eólica marina requiere inversiones iniciales muy superiores a las de la solar o la eólica terrestre. También demanda puertos adaptados, redes costeras, buques especializados y contratos de largo plazo capaces de reducir el riesgo financiero.
En una región donde el coste del capital continúa siendo uno de los principales obstáculos, la regulación y el diseño de las futuras subastas serán tan importantes como la calidad del viento.
La bioenergía sostiene el liderazgo brasileño
Brasil también ocupa un papel central en bioenergía.
Junto con China y Japón, concentró el 71% de las nuevas incorporaciones mundiales de esta tecnología en 2025.
Su posición se apoya en la disponibilidad de residuos agrícolas, especialmente el bagazo de caña de azúcar, y en una estructura industrial que permite integrar la producción eléctrica con los sectores azucarero y de biocombustibles.
El factor de capacidad promedio de la bioenergía brasileña se situó alrededor del 63%.
La cifra está condicionada por la estacionalidad de la zafra, pero mantiene a la tecnología como una fuente gestionable capaz de complementar la variabilidad de la solar y la eólica.
IRENA muestra que los proyectos basados en bagazo, residuos agrícolas, cascarilla de arroz y gas de vertedero se encuentran dentro del grupo de menor coste instalado de la bioenergía, con valores medios cercanos a los 2.300 USD/kW.
Su valor no está únicamente en producir electricidad, sino en aprovechar residuos locales y aportar generación firme dentro de una matriz cada vez más variable.
La hidroeléctrica exhibe las dos caras de la región
La hidroelectricidad sigue siendo uno de los pilares históricos del sistema eléctrico latinoamericano, pero el informe expone fuertes contrastes.
Brasil registró un LCOE de aproximadamente 41 USD/MWh para las grandes centrales, uno de los menores valores recogidos por IRENA.
Además, el coste instalado medio de los proyectos hidroeléctricos brasileños analizados entre 2018 y 2025 fue de 1.463 USD/kW, por debajo de la mayoría de las regiones.
En el resto de Sudamérica, la situación fue radicalmente distinta.
Los nuevos proyectos de gran escala alcanzaron un coste instalado medio de 4.829 USD/kW, el valor más alto del mundo en 2025.
La diferencia responde a la naturaleza específica de cada central. Las obras hidroeléctricas dependen de la geografía, la accesibilidad, la distancia a la red, las condiciones geológicas y la complejidad ambiental y social de cada emplazamiento.
En cuencas remotas, los costes de carreteras, líneas de transmisión y obra civil pueden superar ampliamente el precio de los equipos electromecánicos.
El contraste muestra que la abundancia de recursos hídricos no garantiza proyectos baratos. A diferencia de la solar, la hidroeléctrica no se beneficia de una estandarización industrial equivalente y continúa siendo una tecnología profundamente condicionada por cada ubicación.

