Desde mis años universitarios recuerdo que empresarios y políticos mencionan constantemente el gran atributo que representa para Panamá su posición geográfica. El Canal ha transformado al país en un hub logístico global, y también se habla de otros hubs. El humanitario, farmacéutico y tecnológico. Pero ¿realmente los estamos desarrollando? Hoy, en medio del crecimiento explosivo de la inteligencia artificial, la nube y la digitalización de la economía, surge una nueva posibilidad para convertir a Panamá y a Centroamérica en un nodo estratégico de infraestructura digital.
Detrás del impresionante discurso tecnológico existe una realidad mucho más física de lo que muchos imaginan.
Cada búsqueda en internet, cada streaming, transacción bancaria o modelo de inteligencia artificial depende de edificios llenos de servidores que trabajan día y noche. Los llamados data centers son las fábricas invisibles de la economía digital. Y no aparecen de la nada. Requieren electricidad, agua e infraestructura adecuada para operar. En algunos casos, a una escala super gigantesca.
Por ello, el desarrollo de estos centros no es únicamente un tema tecnológico. La discusión involucra energía, ambiente, planificación gubernamental, empleo, economía y hasta geopolítica. Panamá y la región podrían estar frente a una de las oportunidades más importantes de las próximas décadas.

Muchas personas imaginan un data center como una sala con computadoras. La realidad es distinta. Existen instalaciones relativamente pequeñas destinadas a empresas locales, pero también una categoría mucho más grande y estratégica. Los “Hyperscale data centers”.
Empresas como Amazon Web Services, Microsoft, Google y Meta operan instalaciones capaces de consumir cantidades enormes de energía de forma continua. Algunos campus tecnológicos demandan cientos de megavatios, equivalentes al consumo eléctrico de ciudades completas. Un centro de datos a hiperescala puede requerir entre 100 MW y 300 MW y consumir cerca de 200,000 MWh por mes. Para ponerlo en perspectiva, durante febrero de 2026 la empresa distribuidora que atiende gran parte de las provincias de Panamá, Colón y Darién entregó a sus 589 mil clientes un total de 253,932 MWh.
La razón es sencilla, la IA requiere poder computacional masivo. Entrenar modelos avanzados demanda miles de procesadores funcionando simultáneamente durante largos periodos. Y eso genera calor. Mucho calor! Allí comienzan las preguntas sobre energía y agua.
Uno de los temas que más preocupación genera internacionalmente es el consumo de agua asociado a los data centers. Con frecuencia aparecen noticias sobre comunidades que protestan por nuevos proyectos argumentando escasez o afectaciones al recurso hídrico.
Diversos estudios científicos y reportajes investigativos han advertido sobre el crecimiento del uso de agua en ciertas instalaciones tecnológicas, especialmente en Estados Unidos. Investigaciones vinculadas a universidades como University of California Riverside y análisis publicados por Bloomberg y The Washington Post han mostrado que algunos centros de datos asociados a inteligencia artificial pueden utilizar millones de litros de agua diariamente para enfriamiento.
Sin embargo, para mi gusto, el tema suele simplificarse demasiado. No todos los centros de datos son iguales.
Existen tecnologías de enfriamiento por aire, sistemas cerrados de recirculación, enfriamiento líquido directo, enfriamiento por evaporación y esquemas híbridos mucho más eficientes que los utilizados hace apenas una década. Una parte importante del debate se concentra en cómo se administra el recurso hídrico y no únicamente en cuánto se consume.
Algunos centros utilizan agua potable. Otros emplean agua reciclada o tratada industrialmente. También existen diseños donde gran parte del líquido se reutiliza continuamente dentro del mismo sistema.
Eso no significa que las preocupaciones ambientales sean falsas. Son completamente legítimas cuando existe una concentración masiva de hyperscales en regiones con estrés hídrico o infraestructura insuficiente. Lo ocurrido en Arizona, Virginia o incluso Chile demuestra que el crecimiento desordenado puede generar tensiones sociales reales relacionadas con el acceso al agua.
En Panamá hemos vivido discusiones similares alrededor del Canal y el uso del agua para tránsito de embarcaciones frente al consumo humano. La diferencia está en la planificación. Muchos centros de datos han surgido de forma casi espontánea y sin una estrategia adecuada. Allí está el peligro. Panamá y Centroamérica todavía tienen la ventaja de analizar estos escenarios antes de enfrentar una expansión acelerada.
Aunque el agua suele ocupar titulares, el verdadero núcleo de esta discusión probablemente sea la electricidad.
Los data centers modernos requieren energía extremadamente estable y confiable. Un flicker o una interrupción de apenas milisegundos que para un usuario residencial puede pasar desapercibida, para un hyperscale puede representar pérdidas millonarias. Por ello, estas empresas exigen infraestructura robusta, redundancia, calidad de energía y capacidad de expansión futura.
Aquí es donde existe una oportunidad estratégica importante.
La combinación de interconexión regional, infraestructura logística, posición geográfica y creciente penetración de energías renovables podría convertir a Panamá y centroamérica en un punto atractivo para infraestructura digital regional. Más aún cuando muchas empresas tecnológicas están siendo presionadas para reducir emisiones y operar con energía más limpia.
Según análisis de la International Energy Agency (IEA), el crecimiento asociado a la inteligencia artificial podría disparar el consumo eléctrico global de los data centers durante esta década. Esto significa que las empresas comenzarán a priorizar regiones capaces de ofrecer no solo energía competitiva, sino también estabilidad y sostenibilidad.
Panamá podría diferenciarse si desarrolla reglas claras para incorporar almacenamiento con baterías. La combinación de renovables y baterías puede convertirse en una ventaja competitiva para atraer inversión y garantizar energía continua y estable.
Por otro lado, un crecimiento acelerado y sin planificación puede generar impactos importantes sobre el sistema eléctrico. Se requerirán nuevas líneas de transmisión y distribución, subestaciones, expansión de generación y desarrollo de infraestructura. Si estos costos no se manejan correctamente, podrían trasladarse a las tarifas eléctricas o terminar siendo absorbidos indirectamente por el Estado.

Esta situación ya se discute en mercados como Virginia, donde la expansión de hyperscales ha obligado a realizar inversiones multimillonarias en infraestructura eléctrica. Incluso estados como New Jersey han aprobado medidas para proteger a los usuarios de costos asociados al crecimiento de los centros de datos.
Hoy existen más de 4,500 data centers en Estados Unidos y consumen cerca del 5% de la energía del país, alrededor de 176 TWh por año. Para ponerlo en contexto, Centroamérica consume aproximadamente 56 TWh anuales y Panamá solo alrededor de 12 TWh.
Sin embargo, también existe un efecto positivo que muchas veces se ignora.
Los data centers pueden convertirse en motores de modernización de la red eléctrica. Debido a sus exigencias técnicas suelen impulsar inversiones en almacenamiento con baterías, nuevas subestaciones, sistemas inteligentes, automatización, respaldo energético, microredes y generación renovable.

En algunos casos incluso contribuyen indirectamente a fortalecer la estabilidad de frecuencia y voltaje. Es decir, bien regulados pueden robustecer el sistema eléctrico; mal planificados, pueden tensionarlo y crear distorciones.
Aquí tanto los techos solares como la movilidad eléctrica pueden desempeñar un papel importante. La combinación de generación distribuida, baterías y tecnologías Vehicle-to-Grid podría ayudar a liberar circuitos críticos y fortalecer la red en una economía cada vez más digital.
La discusión sobre los data centers no debe verse únicamente desde el punto de vista tecnológico. Estamos hablando de atraer inversión internacional, empleo especializado, desarrollo de telecomunicaciones, expansión energética, infraestructura digital y posicionamiento estratégico regional.
Pero también estamos hablando de agua, planificación urbana, regulación eléctrica y sostenibilidad ambiental. Y esto es clave para mantener un equilibrio entre el desarrollo y las necesidades de la población.
No necesariamente se trata de atraer todos los hyperscales posibles. Como en la historia de Ricitos de Oro, debemos encontrar el punto adecuado para cada país y para la región en su conjunto. Centroamérica posee atributos complementarios y, trabajando en conjunto, puede ofrecer un mercado eléctrico regional robusto capaz de atraer inversiones estratégicas.
Lo primero es definir en qué condiciones llegan estos proyectos, cómo se integran a la red y qué compromisos adquieren en materia energética y ambiental. Tenemos la ventaja de aprender de experiencias internacionales antes de entrar de lleno en esta transformación.
La economía digital puede parecer algo intangible, pero detrás de cada búsqueda en la web, de cada transacción electrónica y de cada servicio digital existe una enorme infraestructura física que requiere energía, agua y sistemas altamente confiables.
Este puede convertirse en un sector estratégico para impulsar el desarrollo nacional y regional, siempre que el crecimiento vaya acompañado de planificación, fortalecimiento de nuestras comunidades y desarrollo del capital humano.
Y justamente allí podría estar naciendo uno de los sectores más importantes para el futuro energético y económico de Panamá y de toda la región.

