La inteligencia artificial ya tiene chips, capacidad de cómputo y una carrera global de inversiones detrás. Pero el próximo cuello de botella no estará necesariamente dentro de los servidores, sino en la infraestructura física capaz de alimentarlos.
“Esta carrera de los centros de datos ya no se ganará o perderá solo por la capacidad de computación o por la tecnología de NVIDIA o de cualquier otro fabricante, sino que se ganará o perderá por la energía”, sostuvo Christian Soler, director de Producto y Aplicaciones de Power Electronics, durante la III Jornada de Almacenamiento Energético y su Cadena de Valor.
“Tenemos los chips y la tecnología para entrenar inteligencia artificial. Sin embargo, la energía no está asegurada ni en cantidad, ni en estabilidad, ni parece que vaya a estar disponible a tiempo”, agregó.
El crecimiento previsto obliga a mirar más allá del software. Según expuso el directivo, antes de que termine la década el consumo global de los centros de datos podría duplicarse: lo que la industria construyó en 65 años podría replicarse en apenas 5.

La escala de los nuevos proyectos confirma el salto. Los clusters con GPU ya se mueven en rangos de entre 100 y 300 MW, mientras Power Electronics empieza a observar desarrollos en el orden de los gigavatios.
En Estados Unidos, los data centers representan hoy entre el 3% y el 4% de la demanda eléctrica. A finales de la década, esa participación podría situarse entre el 8% y el 9%.
España también entra en esa carrera. Spain DC anticipa que la demanda asociada a estos activos pasaría de unos 200 MW en 2024 a cerca de 730 MW en 2026. A su vez, sus últimas proyecciones elevan la capacidad potencial hasta 2.537 MW en 2030, en un escenario de fuerte expansión inversora.
La pregunta ya no es únicamente cuántos centros de datos pueden construirse, sino cuántos podrán conectarse, operar con estabilidad y absorber sus picos de consumo sin comprometer la red.
De backup a habilitador del centro de datos
Un highlight interesante de la jornada fue que el almacenamiento cambia de categoría. Hasta ahora, su rol más extendido dentro de un data center estaba asociado a la continuidad de suministro. En el nuevo escenario, pasa a integrar la arquitectura crítica de funcionamiento.
“La lógica es que el PCS carga la batería cuando hay excedente y la descarga cuando la demanda lo requiere, aportando esa energía que la turbina o la red no puede proporcionar de forma tan rápida”, explicó Soler.
El planteo de Power Electronics se inserta en un cambio más amplio del mercado español: las baterías ya no se leen sólo como complemento del autoconsumo o seguro ante cortes, sino como infraestructura estratégica para empresas con procesos sensibles, grandes consumos y necesidad de continuidad operativa.
El giro empezó a acelerarse tras el apagón del 28 de abril de 2025. Desde entonces, la conversación cambió de escala, de una herramienta pensada para optimizar consumos pasó a ocupar un lugar central en las estrategias de seguridad energética, eficiencia y flexibilidad.
Según el Informe Anual 2025 de APPA, España incorporó 339 MWh de baterías detrás del contador, frente a los 155 MWh registrados en 2024. El crecimiento interanual fue del 119%, con fuerte protagonismo del segmento comercial e industrial, que alcanzó 181 MWh y superó al residencial.
La IA no consume: golpea la red
En los centros de datos tradicionales, la potencia típica de un rack se situaba entre 5 y 15 kW, con perfiles relativamente estables y sistemas de refrigeración más sencillos. Pero con la IA, el salto es abrupto y los nuevos racks pueden alcanzar los 130 kW y requieren refrigeración líquida por la densidad de potencia que concentran.
“La inteligencia artificial no consume energía de forma lineal, sino que golpea constantemente la red”, resumió Soler.
Durante la fase de entrenamiento de un modelo, las GPU trabajan de forma sincronizada durante semanas o incluso meses. En ese proceso, el consumo puede pasar de cero a la potencia total del campus en lapsos extremadamente breves. Ese comportamiento genera transitorios, resonancias y perturbaciones que pueden exceder el perímetro del propio centro de datos y trasladarse a la red de distribución o a otros activos conectados.
Y no es un dato menor que hoy el despliegue digital avanza más rápido que la infraestructura eléctrica. Según Soler, hoy ya se observan plazos inferiores a dos años para levantar un centro de datos, pero el desafío aparece después: cómo suministrar la potencia que necesita.
La nuclear suele quedar fuera de la ecuación por sus tiempos de desarrollo, que pueden rondar una década. Las plantas térmicas convencionales también implican plazos amplios, de cinco años o más.
Conectar el campus directamente a la red parece la alternativa natural, pero no siempre existe capacidad disponible para puntos de 300 MW o superiores. Por eso, muchos desarrolladores están recurriendo a turbinas de gas instaladas en zonas próximas al campus. Son modulares, rápidas de desplegar y permiten aportar grandes bloques de potencia.
“Estas turbinas no van a ser suficientes por sí solas para alimentar un centro de datos”, afirmó Soler.
En esa brecha entran los sistemas de acumulación y los convertidores estáticos, capaces de reaccionar en el orden de los milisegundos y amortiguar los picos que la red o las turbinas no pueden absorber con la misma velocidad.
Asimismo, cabe recalcar que ya Power Electronics trabaja sobre distintas arquitecturas para responder a esta nueva demanda.
La primera consiste en medir el consumo de la carga e inyectar o absorber potencia, y su eficacia depende del sistema de storage, pero también de la potencia de cortocircuito, la distancia y los posibles retardos de comunicación.
La segunda alternativa incorpora una impedancia relevante hacia el campus y un convertidor en modo grid forming conectado en paralelo a la carga. En lugar de operar con referencias de potencia, trabaja con tensión y frecuencia, lo que permite mantener valores eléctricos estables.
La tercera vía es la doble conversión, donde el centro de datos queda prácticamente desacoplado de la red mediante convertidores y baterías. Mientras que la cuarta arquitectura se observa especialmente en Estados Unidos: campus masivos sin capacidad de conexión a red, alimentados por turbinas y convertidores grid forming que crean una red interna estable.
De acuerdo con la presentación, algunas soluciones permiten reducir esos impactos en torno al 60%. Con inductancias en línea, la reducción puede alcanzar entre el 80% y el 90%. La doble conversión, por su parte, permite desacoplar casi por completo la instalación.

